Me despierto de madrugada. Siento la sábana arrugada y húmeda debajo de las piernas, el ventilador moviéndose sigiloso entre la oscuridad. Veo mi cuerpo tendido, fragmentos de piel brillando en las penumbras a causa del sudor. Muevo un poco los pies contracturados, hago sonar sus huesos. Entonces recuerdo: acabo de soñar con la misma mujer por tercera vez en dos semanas. Respiro agitado y pienso en prender la luz, pero me gusta lo que veo -y lo que no-; los objetos de mi cuarto se presentan agradables en esta quietud nocturna. Trato de no pensar en el sueño, de perder las imágenes, porque sé que si no lo consigo rápido al otro día las voy a llevar impregnadas en la piel, disolviéndose con mi sudor y aumentando su efecto a medida que pasan las horas. Pero mi cuerpo está repleto de llagas invisibles que activan sus mecanismos con apenas un roce, y cuando muevo la cabeza para volver a dormirme la humedad viscosa de mi saliva sobre la funda de la almohada me devuelve a la sensación húmeda del sueño. Una mujer llegada de ninguna parte, su cara frente a mi cara. Es la expresión que podría tener pero que no le conozco, la que quizás tenga en momentos similares que me son inaccesibles. Espero en la misma posición durante una sola noche que se extiende a través del verano. La veo aparecer, pronuncia unas pocas palabras. Está casi desnuda y su cuerpo me hace perder la noción del mío: no soy de ninguna manera durante esa secuencia, no cuento con proporciones ni medidas, existo en base a una función. Intento dormirme. Empieza a llover y ya sé de qué color van a ser mis pensamientos al otro día cuando me levante y tenga que bañarme y tenga que vestirme y tenga que salir. La beso, torpemente, y veo el rojo de su lengua, como si a cada movimiento de la lengua se abrieran un par de ojos en el espacio que forman las dos bocas. El sueño siempre repele la culminación: se hace abrupto cuando mi mano baja. No va a venir hoy, no me conoce ni sabe que estuve ahogándome en mis propios fluidos. Casi amanece. El cuerpo está seco. Mi mano baja, otra vez, curtida en la soledad.
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