martes, 15 de enero de 2019

Cirrosis





Eras un pendejo y creíste en el alcohol como el medio más infalible para acelerar tu madurez. Querías ser grande, no un adulto socialmente aceptable, sino alguien con experiencia, con heridas, con nostalgias. Creíste de un modo abstracto que la petaca más barata que encontraras iba a marcarte las arrugas de la frente, o iba a acelerar el crecimiento espeso de la barba; confiaste en el wiski para llegar a ser en menos de una hora aquel que no ibas a ser nunca, -ni siquiera quince o veinte años después, ya gordo, vencido, con un par de intentos de suicidio arriba y varios cientos de litros y gramos en el organismo-, aquel que tampoco habían podido ser ni tu padre ni tu abuelo, a quien ni siquiera habías conocido pero lo sabías la misma clase de perdedor que vos. Quisiste sin saberlo barrer la sangre débil que te habían heredado, la condena del mediocre, pero el alcohol ya se había mezclado con la sangre varias generaciones atrás y nada había cambiado. La trampa de la tolerancia.
Estabas solo. Durante una hora flotaste por tu casa, de a ratos exagerando la falta de control de tu cuerpo, de a ratos asustado con la idea de vomitar. No saliste de tu casa y sí vomitaste al final, cuando ya bajabas y te acordaste de la botella de vino que tu madre tenía guardada y que te tomaste del pico para quedar como un salado frente a los fantasmas de idealizaciones que nunca se iban a materializar: no iban a venir esos rockeros duros a saludarte, no iban a chuparte la pija en el baño de un bar las minas de pelo negro y labios pintados de rojo que te gustaban.
También lloraste por tu primera novia, y fue cuatro o cinco años después de la primera petaca pero estabas en el mismo lugar, en el mismo estado. No vomitaste. Te pusiste a hablar en voz alta porque también tenías la casa sola y como siempre no ibas a salir. Dijiste estupideces con aire de profundidad melancólica. Un idiota queriendo parecer interesante en medio de la miseria sólo porque habías leído un par de libros de Henry Miller o algo por el estilo.
La vida te pasó por encima y no necesitó de tanto tiempo ni de tantas vueltas para hacerlo. No fuiste un héroe muerto en combate, no te desangraste por interponerte en el camino de una flecha que iba dirigida a otra persona, no te mataron por ser un grano incómodo en ningún sistema.
Amanecés muerto aunque tu cuerpo late. Ahora sí sentís dolor, no el de la resaca o el del corte que te hiciste en el brazo; éste es el dolor de la acumulación de polvo que trae los años, el que imaginabas de chico. Apoyás los pies descalzos en el suelo frío. Éste es el dolor. Te pasás las manos por la cara. Éste es el dolor. Vomitás. Éste es el dolor, y no tiene nada de romántico.

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