lunes, 8 de mayo de 2017
Más allá de occidente
Se supone que los edificios tienen luces, todos. Los míos no. Mis edificios se camuflan con la noche, es lindísimo subir al cerro al atardecer para mirar todo el proceso hasta que anochece completamente y ya no queda edificio alguno. El atardecer nos es práctico, sirve para eso, pero en realidad lo que queremos no es ver el sol descender, lo que queremos no es ver el sol. Los edificios se encargan de taparlo durante el día. Vivimos en un continuo amanecer, en ese momento que ya dejó atrás a la noche pero no se decide por la mañana. Estuve un año entero planificando cómo colocarlos para que el sol apenas se filtrara hacia la ciudad. Construimos muchos en la siguiente década, pero inevitablemente tuve que hacer algunos sacrificios para así conseguir que los dioses me otorgaran un par de torres -un par son cincuenta- que tienen una altura que ni siquiera imaginamos, por eso decimos que llegan al cielo. Los dioses quedaron satisfechos y yo también, aunque entre sacrificios, mano de obra explotada más allá de sus límites y la ola de muertes que se desató en los alrededores de las torres, la población se redujo mucho. Alrededor de las torres la gente empezó a peregrinar porque las creían sagradas. Yo emití un comunicado tratando de explicar que el hecho de que las hayan mandado los dioses no significa que sean sagradas o santas. Argumenté que ellos respondieron al pedido, les pagué con lo que querían y obtuve mi parte del trato. Las personas aun así suelen ser muy imbéciles, incluso cuando se les habla de un modo claro y preciso. Siguieron peregrinando y eso llevó a saqueos, derrumbes, represión policial y demás. Cosas que pasan. Lo bueno es que el tránsito se agilizó bastante, empecé a llegar en diez minutos a la oficina en vez de demorar una hora. De todos modos yo puedo llegar en el tiempo que se me antoje, pero me gusta viajar a la misma velocidad que los demás, sentirme parte. Es mi pueblo, a fin de cuentas. La policía funciona de manera autónoma, es raro. En los primeros años traté de ordenarlos, ponerles límites, incluso autoricé la creación de un grupo paralelo que se encargara exclusivamente de vigilar a los policías. Al tiempo me di cuenta de lo aburrido que se volvía todo, era una ciudad sin condimento, no pasaba nada. Desde ahí siempre digo que la policía es el organismo más importante en cuanto a creación artística. Siempre están inventando algo, jugando. Los dejo hacer. Al grupo paralelo de vigilancia lo disolví y a cada uno de ellos los vendí a distintos lugares para ocupar distintos puestos. Incluso le vendí unos cuantos a la ONU, como traductores. Esa plata la invertí en traer unas familias extranjeras para fomentar el odio y la polémica. Trato de que la ciudad no se esté quieta nunca, que tengan algo que los impulse a seguir. Es peligroso parar, el año pasado hubo una gripe suicida que según me dijeron salió del bosque, ahí donde viven los sádicos. Son un grupo reducido de gente que se sustenta gracias a la creación de nuevas enfermedades que luego venden o alquilan a quien esté dispuesto a pagar. Todavía no sé quién fue el hijo de puta esta última vez. Ya me voy a enterar. A los sádicos no los puedo desalojar porque no hay manera, básicamente. Están ahí atrincherados y en cuanto sienten algo raro dejan escapar un humo que puede ser cualquier virus nuevo y desconocido. Por lo menos mantienen lindo el bosque, lo cuidan mucho, saben y saben de naturaleza, tienen chamanes y toda clase de artilugios. Puede que negocie con ellos para instalar ahí la sede de creación cinematográfica y literaria. Estoy contento porque las familias extranjeras me salieron baratas para todo lo que me rinden. Cuando pase todo el tema de la segregación y ellos queden en el olvido, van a seguir siendo útiles: los puedo usar para la próxima ofrenda, ando necesitando que los dioses me calmen un poco el clima que con los terremotos en masa la tierra me tragó un par de barrios. A veces me parece increíble hacer las cosas tan bien.
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