Fui al supermercado apenas amaneció. Estaba abierto y todas las cajeras hacían un ritual neopagano para revivir al guardia de seguridad recientemente baleado. Agarré un paquete de galletas al agua y salí sin pagar.
Fui a la plaza de la vía y me senté en uno de los bancos de hormigón, pero antes tuve que caminar algunas cuadras por la avenida; no me acuerdo bien, pero calculo que fue así. Me acuerdo, eso sí, de la sensación que me produjo el viento helado en la cara mientras caminaba.
El banco de hormigón estaba pintado de rojo y amarillo, sobre él habían dibujos infantiles o adolescentes, nombres, insultos. En la esquina estaba sentado el señor que para los taxis, comía algo y miraba la calle de forma monótona y aburrida. Lo miré un rato hasta que me empecé a aburrir yo también, entonces torcí la cabeza hacia mi derecha y vi que en los bancos escalonados de la otra punta un animal pequeño se movía con velocidad, saltando los escalones y dando vueltas. No sé por qué tardé tanto en reaccionar: era una rata. Sentí electricidad subiendo por mi cuerpo, debo haber quedado pálido. Me levanté con miedo a que viniera hacia mí, aunque nos separaban unos veinte metros. Entonces empezaron a salir otras ratas iguales de los rincones de una pared de cemento lindera a la plaza. En segundos eran decenas, moviéndose por el piso con una rapidez sumamente maligna. No me desmayé porque el instinto de conservación fue más fuerte; en lugar de eso salí corriendo hacia mi izquierda, tomé nuevamente la avenida y al pasar por donde estaba el señor de los taxis noté que me miraba raro y decía algo con su voz apretada y confusa.
Corrí una cuadra por la avenida y doblé a la izquierda, siempre corriendo, sin pensar. Recién cuando hice la segunda cuadra tuve el valor -y el cansancio- para frenar y mirar hacia atrás. Giré demasiado rápido y me quedó doliendo la espalda. Me tranquilizó el no ver ninguna rata siguiéndome, y recién ahí, mientras tomaba aire mi pensamiento volvió a funcionar y me lamenté por haberme tenido que ir tan rápido de la plaza, me pareció que si seguía unos minutos sentado en ese lugar se habría podido generar un ambiente ideal para esa hora. Sentí hambre y me acordé de las galletas. ¿Dónde estaban? Un pánico enorme me tomó desprevenido, sentí el hueco de lo que no estaba, lo sentí en mi cuerpo, principalmente en mis manos pero también en mi mente. Había olvidado un paquete de galletas, o lo había perdido, o me lo habían robado. No lo sabía y apenas intenté recordar todo lo que había hecho en el día hasta ese momento, un dolor fuerte en la sien derecha se interpuso entre cualquier recuerdo y yo. El pánico dio paso a la melancolía. Caminé un poco más y llegué frente a la iglesia de los mormones. Uno de ellos, rubio, alto y sonriente me vio ahí parado y en un español duro me invitó a pasar. No dije nada pero entré, él me seguía y tampoco hablaba, no hacía ninguna indicación y en cierto sentido pensé que así era mejor, dejarse llevar sin necesidad de explicaciones o pautas. Enseguida después de la entrada aparecía un pasillo largo, limpio hasta la monotonía y el asco. Empecé a caminar y elegí una de las tantas puertas, no por nada en especial, eran todas del mismo color y del mismo tamaño. Me paré como para entrar y comprobé que el mormón ya no estaba ahí conmigo, aunque no recordaba haber escuchado ninguna de las puertas anteriores abrirse y tampoco sabía con precisión cuándo sus pasos habían dejado de sonar. Entré en una sala pequeña con sillas de madera perfectamente ordenadas en filas horizontales y un pizarrón que tenía unos símbolos dibujados. Me acerqué, por primera vez en mucho tiempo sentía curiosidad por algo; eran símbolos de algo, pero ninguno me resultó conocido. Siempre me gustaron los actos que aparentemente no obedecen a ningún objetivo o sentido visible, me resultan auténticos y siento una gran alegría cuando decido llevar a cabo uno de ellos, cuando sé que nada ni nadie (ni yo mismo) lo va a impedir; así que mojé mi dedo índice con saliva y me puse a borrar de manera arbitraria fragmentos de esos símbolos dibujados en el pizarrón. Los dejé incompletos, precarios, y enseguida pensé que quizás lo que estaba dibujado antes de mi intervención podría ya de por sí no ser algo definitivo; podría no ser yo el primero en borrar parte de ese dibujo, entonces estaría fragmentando apenas un fragmento, funcionando como una trituradora; podría ser también que el autor de esos dibujos se hubiese aburrido, dejando todo por la mitad. Entonces alguien habló a mis espaldas y su voz no era ni femenina ni masculina.
-Quedate quieto, yo te conozco.
-Tengo hambre, ¿no tienen galletas por acá? -pregunté distraídamente, volviendo a lamentar mi descuido anterior.
-Acá no, pero conozco un lugar.- su voz seguía siendo neutral.- Seguime.- Fui a darme vuelta y me gritó "!No!", y su voz dejó entrever irritación, pero no pude saber qué edad tendría, ni su sexo. -Me vas a seguir la voz, caminando de espaldas. Yo te hablo y vos me seguís.-
Le dije que sí y empezó a hablar, a tiempo que el sonido de sus palabras se alejaba y yo tenía que hacer un esfuerzo muy grande por caminar de espaldas sin chocarme contra nada.
-Mirá, yo sé que a veces el mundo nos muestra cosas extrañas que no logramos descifrar en el momento, como los pájaros por ejemplo. Muchas veces me he preguntado para qué existen, cuál es su sentido real para que estén entre nosotros. Después me convencí de que las cosas hermosas no tienen otra explicación más que su propia belleza, belleza que es causa y efecto, potencia creadora y fin.- Mientras hablaba yo atravesaba con gran inseguridad salas exactamente iguales que la de donde habíamos partido. Cruzamos cuatro o cinco y ya había empezado a aprenderme las posiciones de cada cosa, de modo tal que iba ganando cada vez más velocidad y seguridad. Hasta que al cruzar por la sexta o séptima puerta, choqué con un objeto que tendría la mitad de mi altura. Me confundí y traté de tocarlo para entender de qué manera esquivarlo, mientras la voz se alejaba -...de la tarde a la noche, pero no de otra manera. Lo que tratan de imponer ahora es...- No escuché más nada, estaba cansado. Me quedé quieto pero tampoco quise darme vuelta y seguir caminando mirando hacia el frente. Así que miré a mi derecha y pude ver el típico pizarrón, vacío, las sillas y debajo de ellas una puerta de sótano con su manija de hierro oxidada. Corrí las sillas y levanté la puerta-tapa. No vi ninguna escalera. No vi nada, todo estaba absolutamente oscuro. Me tiré de cabeza.
Debo haber estado cayendo bastante tiempo. Lo hice sobre una habitación repleta de colchones y almohadas, totalmente iluminada. Salí por la única puerta que había y me vi a mí mismo en la iglesia, al lado de una representación macabra de la virgen María acunando a su hijo. Me vi caminar hacia el cura que estaba de espaldas en uno de los bancos más adelantados. Sintió mis pasos y volteó. -Ah, volviste con el caballo cansado -dijo con una sonrisa irónica-. Son las siete, andá a tocar las campanas, y no te olvides que hoy te toca ayunar.
-Sí- me vi decir, y lo siguiente todavía no forma parte de mi posible memoria.
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