Me dijo para ir a la rambla y bajamos por Minas. Atravesamos cuadras que no estábamos acostumbrados a ver, calles tranquilas con poca gente, casas viejas, recicladas y pintadas de lindos colores. En un par de esquinas vi pinturas relacionadas al candombe, estaban bien hechas y me alegró que nadie las hubiese rayado, como sí hacían habitualmente en otros lugares.
Nos habíamos visto una sola vez. En esa fiesta yo tomé cerveza y no sé qué más y le terminé hablando con mucha pasión, le hablé de mis amigos, de música capaz. Ella me sacaba el vaso de la mano. Ya tarde conseguimos una cama y fue la primera vez que nos acostamos juntos. A unos metros, en el mismo cuarto había gente cogiendo. Nosotros no, nos abrazábamos y reíamos, con la ropa puesta. Después nos levantamos, tomamos café con leche juntos como habíamos planeado y nos tomamos un bondi a la feria. En el camino frenamos para besarnos contra una pared por Colonia. Era un domingo precioso, luminoso y de resaca.
Es verano y no me acuerdo cómo es que llegamos a la rambla del Parque Rodó. Sé que antes habíamos caminado entre la gente que corría y patinaba, llegando a sentarnos justo frente al teatro de verano. Recuerdo el cielo oscureciéndose y nublándose, mi insistencia en empezar a caminar para el centro porque la lluvia era inminente, y también su indiferencia triste al clima y a todo, mientras me contaba sobre el hijo que no conocía de una amiga y del que nadie le había hablado. Fui un observador pasivo mientras ella se volvía hacia sí misma, ahogándose con su angustia que tenía mucho de maternal, así como varias de sus actitudes. Lo mismo había visto aparecer en su voz y en su cuerpo otra tarde-noche que hablábamos sentados en la plaza de la bandera. Esa vez la atormentaba algo de su madre, un mensaje que le había mandado. También esa vez había sido yo un observador pasivo, inútil desde cualquier perspectiva, temeroso tanto al silencio prolongado como a la palabra torpe.
Esa noche fue la segunda vez que entró a mi casa y la primera que se quedó a dormir. Decidió con cierto miedo asumir que quería irse conmigo, me preguntó si podía y seguimos hasta Agraciada. Ahí nos tomamos un ómnibus a mi casa. En el viaje nos abrazamos, nuestra adrenalina se mezclaba con el miedo que le provocaba avisarle a la madre por mensaje de texto que no volvía a la casa.
Bajamos y llovía muchísimo. Hicimos las dos cuadras hasta mi casa casi corriendo. Entramos y un poco de agua se había metido por abajo de la puerta. Más tarde, ya acostados en el colchón que mudé al comedor, con las luces apagadas y creo que la lluvia todavía afuera, probé por primera vez el calor de su sexo contra mi cara.
La primera vez que hablamos en persona fue en el bar Tractatus. Los dos leíamos ahí esa vez y cuando llegué ella estaba sentada en una mesa, sola. Hablamos un poco, me mostró su libretita con poemas. Leímos, apareció más gente y yo estaba muy tímido, como de costumbre. Hacía frío pero aun así me fui a la puerta tratando de arreglar los auriculares que se me habían roto. Yo tenía puesta la campera de cuero de mi padre, gastada, vieja y abrigada. No sé por qué me acuerdo de eso. Después pudimos seguir hablando afuera, primero parados en la puerta y después sentados en una mesita de plástico. Me contó muchas cosas, me habló de muchas personas; la vi movediza, interesante, abarcativa, curiosa. Me gustó, yo no hablé demasiado. Cuando se iba esperó a que la besara pero no me animé. Aun así cuando me iba caminando a la terminal y ella se iba para el otro lado, sentía el enamoramiento en la garganta. En los días posteriores lo iba a seguir sintiendo pero bajando hacia el estómago.
LLegamos a la rambla. Atravesamos el caminito lateral a una plaza para niños y a la cancha de baby fútbol. Le conté que yo había jugado muchas veces ahí y que ese cuadro siempre nos ganaba. Seguí caminando y me preguntó si íbamos a cruzar. Cruzamos la rambla y nos sentamos a la altura del muelle. Le dije para bajar las escaleras, quería estar más cerca del agua. Me dijo que no. En un momento quise cantar una canción de Invisible y me tapó la boca mientras movía los labios y me reía. "Son tantos tus sueños que ves el cielo/mientras te veo bailar".
La decepcioné. Notó que mi búsqueda de trabajo y de cosas para hacer era escasa, no la engañaba. Estábamos en mi casa, era un sábado común, me sentía bien. El cambio fue repentino y nos acostamos con tensión. Me empezó a hablar unos minutos después, siempre funcionaba de esa manera: primero venía la reacción introspectiva, el ignorarme; después escupía todo lo que pensaba. Me lo dijo y yo empecé a prometerle cosas desde mi más profundo sentimiento de repulsión hacia mí mismo, pero sobre todo desde mi más profundo miedo de ser un inútil ante ella. Lloré un poco y lo debe haber notado aunque estaba oscuro.
Nos quedamos sentados en la rambla y así estuvimos más de una hora. Yo me quise levantar y caminar algunas veces pero ella no quería. Primero hablamos de cosas. Sentados frente a frente no tuvo más que recordar una vez cuando sentados también en la rambla pero más por el Parque Rodó había aparecido un mago y nos había hecho trucos. Me preguntó si había sido conmigo, le dije que sí y sentí la inseguridad menos de lo que habría imaginado. Se rió, no sería la primera vez que se acordara mal de la persona pero bien de la situación, o viceversa. Le pasaba a todo el mundo. Después o antes de eso miró con atención las gaviotas que estaban paradas en las rocas y que buscaban peces. Habló sobre qué pajaros serían los otros negros, los miramos. Nos besamos, le toqué el pelo. Pasaban las personas corriendo, caminando o andando en bici a nuestro costado. Sentí en los besos cierto reencuentro, un tipo de comunicación que a veces no aparece de otra manera, o que aparece de forma intermitente. Por unos pocos segundos pensé en Bukowski y su búsqueda de comunicación con el género femenino a través del sexo, una búsqueda desesperada y tierna, como de niño solitario que tiene un sólo recurso, un sólo talento para hacer que sus compañeros jueguen con él. Pensé en esto como de forma compacta, no con la extensión de las palabras sino utilizando la imágen de Bukowski que en mí engloba todo eso.
Estamos sentados en la plaza del entrevero. Íbamos a ir a un recital que a mí me interesaba, pero al final ella me insinuó que no tenía ganas y no insistí ni una vez. Ese día no nos podíamos comunicar bien. Ella hablaba y hablaba, no me dejaba besarla ni tampoco me escuchaba demasiado. Fuimos a la parada del ómnibus y apretamos unos segundos de manera frenética. Me sentí raro estando ya en el 175 sentado en un asiento, volviendo a mi casa. Esa noche no me habló. Al otro día tampoco. Me dijo que me había visto diferente, que todo era atracción y que ahora eso se había ido, así que no quedaba nada. Fueron dos o tres días crueles, espesos. Recuerdo bien que en uno de esos momentos publicó un poema que me impresionó por su belleza pero que no tuve ganas de apreciar bien.
Me volvió a hablar para contarme de una película. Vi el trailer y hablamos un poco. Con los días el dolor pasó porque ella seguía conmigo.
Me gusta que me preste libros, no sólo porque son libros lindos, sino porque siento que sigue compartiéndose conmigo. Una vez tenía como diez libros que me había prestado. Recuerdo estar parado frente a la repisa y mirarlos con satisfacción, ordenados uno al lado del otro, autores y ediciones tan dispares.
Una vez fuimos a ver una película, y cuando terminó ella me preguntó si quería quedarme esa noche en la casa de su hermano que quedaba ahí cerca y que ella estaba cuidando. Le dije que sí. Miramos la tele, comimos bizcochos, dormimos en una cama de dos plazas. Fue un domingo nublado, gris, muy frío. Sentí la belleza de lo cotidiano y establecido, me olvidé de necesitar estímulos constantes. Quise vivir así todos los días, seguro, en paz, con ella.
Estamos acostados y creo que los dos nos sentimos tristes. No sé el motivo, pero nos recuerdo acostados y melancólicos. Ella agarra mi celular y pone un video que vi pocas veces de una canción que escuché pocas veces y de la cual ignoraba su belleza. La escuchamos sin auriculares pero con el volumen bajo, creo que a oscuras. La canción dice "no soy bueno para demostrar amor" y yo me pregunto si lo soy.
Es verano y vamos a la plaza frente al shopping. Es una de las plazas que más frecuentamos, por lo menos hasta que pierda la verguenza y termine aceptando mi casa como un lugar donde podamos ir y quedarnos. Nos sentamos contra un árbol, sobre el pasto en el que caminan hormigas. La mochila y el morral están en el piso, se tocan. En un momento me recuesto en el suelo y veo el cielo despejado de enero o febrero mientras ella se ríe o me dice algo o me besa. Después me propone ir a su casa y siento un arranque de euforia. Puede haber sido esa la primera vez que fui a su casa.
Estoy en su casa, es una de esas veces que voy de tarde y me quedo todas las horas que el tiempo me permita hasta las doce de la noche. Conozco de memoria el paisaje de luis alberto de herrera de noche, la parada frente a la estación, el recorrido rápido, el paso molino, el ómnibus a mi casa. Pero antes sé que nos acostamos en la cama de dos plazas y nos pusimos a ver la televisión. No hablamos durante un rato más que de lo que veíamos, pero no lo sentí como vacío o rutinario, me pareció llegar a un nivel de comunicación implícita, diferente, libre de ansiedades.
Me dijo que se sentía mal. Yo tenía que ir al liceo pero le dije que me tomaba el ómnibus y que en un rato llegaba. En el viaje fui leyendo un libro de cuentos que después le comenté entusiasmado. Recuerdo ese detalle porque el libro tenía un clima gris bastante acorde a lo que percibía en el ambiente de la tarde-noche mientras iba por general flores. Bajó a abrirme y me pareció tierno verla en pijama, desarreglada. Me gusta de esa forma también. Me senté a su lado mientras ella terminaba un trabajo de la facultad. Puse música en el celular porque la computadora no tenía audio. Hablamos de uno de sus libros favoritos. Sentí ganas de esconderla del mundo. Sentí ganas de abrazarla.
Fuimos a comer a La Pasiva el catorce de febrero, el día de los enamorados. Llevábamos casi un mes de novios. No estábamos preparados para todo lo que pasó a nuestro alrededor, no lo necesitábamos. Había mucha gente, parejas, matrimonios, todos pidiendo comida, por lo que la muestra demoró en llegar. Demoraron en atendernos también. El mozo me vio de espaldas con el pelo suelto y dijo "chicas", enseguida me vio la barba de la cara y pidió perdón. Ella comió un chivito vegetariano, yo pizza. Después nos lamentamos por no tener chicles, igual nos besamos por Luis A. de Herrera.
Tampoco estábamos preparados para el cantante y guitarrista que interpretó durante la hora, hora y media que estuvimos ahí algunas canciones de cumbia del momento, algunas repetidas varias veces. No elegimos el mejor lugar, pero estuvo bien, en esos casos aunque todo al rededor parezca una película de bajo presupuesto donde no se escucha nada y los actores son malos, si estás con la persona que te hace sentir bien creo que lo demás es secundario.
Fuimos a la feria de Tristán Narvaja, un lindo domingo. Ella compró un libro de partos y yo uno de Juan Rulfo, al mismo tiempo y en puestos enfrentados. Al poco rato apareció la primer discusión: ella se cansó de caminar y de no saber dónde ir específicamente, yo le dije que en la feria del domingo no puede tener la misma actitud autómata de la rutina semanal.
Después nos tomamos un ómnibus y en el camino, hablando de varias cosas, ella me reprochó mi falta de voluntad para encontrar trabajo. Para cuando nos bajamos ya estábamos de mal humor.
En lo de mi padre comimos fideos, miramos un capítulo de Los Simuladores, nos besamos, discutimos muchas veces, yo miré unos minutos de un partido, volvimos a discutir, no nos poníamos de a cuerdo con nada. En el sillón ella no quiso hacer demasiadas cosas porque no quería quedar sucia, así que le propuse bañarse y ahí aceptó. Nos bañamos y en la ducha sí pudimos hacer algo porque bajo el ala de la limpieza siempre se queda tranquila.
Secándonos volvimos a discutir, no recuerdo el motivo. Terminé con dolor de cabeza y la acompañé a la parada. Nos reconciliamos muchas veces también, creo que eso es lo que importa.
La había estado esperando una hora en la parada. Cuando llegó no pude evitar mostrar mi molestia. Ella lo notó, no hablamos. Vino el ómnibus, no me avisó y la tuve que seguir. Subimos. No hablamos durante varios minutos, de hecho en un momento quedó sentada dos asientos más allá habiendo uno en el medio. En determinado momento ella me miró de reojo, tenía puestos los lentes de sol y los auriculares, es lo que hace cuando no quiere hablarme. Yo había sacado un libro y había leído unas páginas. La miré por fin y le hice un gesto para que se acercara, la abracé y vi sus labios en una mueca de tristeza. Me abrazó con fuerza, desquitándose. Yo la besé. Después volvimos a discutir, recién cuando nos bajamos pudimos terminarla. Nada justifica verla al borde de las lágrimas. Nada.
La primera vez que fue a mi casa me pidió para ver mis fotos de cuando era chico. Saqué los álbumes enormes y cubiertos de polvo, los limpié y se los pasé. Los estuvo mirando entretenida vario rato. Con el paso de los meses los ha visto varias veces más. Cuando fui a su casa por primera vez me mostró sus fotos de cuando era chica, ella guarda muchas más y recuerdo bastante más precisos que los míos, con nombres, fechas, lugares. Tiene una memoria increíble. La mía es frágil, o distraída. Ella tiene muchas cosas de niña, espero que no las pierda.
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