Veo lo que debo matar
repetido al infinito.
Lo veo en la cuerda y en la ropa
lo veo aunque me hunda en el barro
o la atmósfera me desintegre
en un lento vaivén de ciclo natural.
Es un cadáver
pesando sobre mis hombros
que debo matar
no por ley sagrada
ni para cumplir un contrato
sino como una confirmación.
Está podrido
y en su podredumbre cargo mi culpa.
Veo lo que debo matar
y es algo hermoso:
la inocencia del niño
la abnegación del mártir.
Pero alguien tiene que devolver el equilibrio
o inventarlo.
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