el corazón sitiado por los surcos
de los ojos de una ciudad azul con
gusto a humo y con la mirada ciega.
Te gusta imaginar el domingo bajo
la piel de los perros que amanecen
tirados al sol de la tarde. La tibia resaca
contrae los huesos, el miasma caliente
aleja turistas, yo tiemblo entre los fierros
de mi cama. Tiemblo y recuerdo el juego
de nombrar todos los días menos uno
que contiene lo esencial dispersado en el
tiempo, condensado en una afluencia de formas
geométricas entrelazadas que indican lo real.
Siento, pienso, redirecciono el aire muerto.
Vivo, soplo la inconsistencia gutural.
Me hago cargo de la enredadera que dejé
crecer en la ventana de una casa que creí propia,
y si alguien se anima a traer una mínima prueba,
me entrego.
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