La luz había sido apagada segundos antes. Me incliné, un poco agachado, y sentí el calor de la lámpara en toda mi cara. El cuarto nunca había estado tan desordenado, más allá de la oscuridad yo sentía la mugre a mi alrededor, había tocado un par de papeles con los pies descalzos y rápidamente intuí el resto: polvo sobre los muebles, la cama sin hacer, el escritorio lleno de hojas y cuadernos, una silla casi invisible, tapada por un montón enorme de ropa. Vi llegar restos de imágenes de ese mismo día, en la oscuridad tenían la posibilidad de hacerse notar un poco más, aunque nunca lograban ser del todo claras. Ninguna llegaba a formar una figura demasiado concreta y eso les restaba veracidad, como si con lo que rescataron de realidad sólo hubiesen podido llegar a crear una especie de fantasma de luz, algo que claramente sobraba de otra cosa. Al volver a quedar parado perdí la orientación, no supe para qué lado estaba la puerta; tampoco recordaba la puerta, ni siquiera logré hacerme de una imagen mental de una puerta, sólo recordaba la palabra y sabía de un modo abstracto que servía para salir o entrar de un sitio a otro. Enseguida intuí que si volvía a la posición anterior podría llegar a orientarme más fácilmente, así que me hinqué y quedé con una mano apoyada sobre la mesa de luz de patas metálicas y frías. Hoy me traían la copia de la llave, eso me habían dicho. Esa llave me iba a permitir pasar de un sistema aislado a otro, iba a lograr inmiscuirme en los rincones menos nombrados y menos pensados de la otra casa, la que estaba a diez cuadras. La otra casa era una continuación de esta, yo lo sabía aunque nunca había estado allí, lo que conocía se lo había escuchado a papá de costado luego de alguna cena mientras levantaban los platos. Además contaba con una información muy especial, era una carpeta amarilla bastante vieja llenita de papeles y fotografías. Las fotos -varias de ellas mal enfocadas- mostraban un patio con piso de baldosas decorado con un diseño de flores rojas y verdes, paredes pintadas de celeste, una escalera que daba a una puerta de chapa a pocos metros de altura, y lo que parecía ser la entrada a una sala de estar. En los papeles se hablaba de metros cuadrados, zonas donde entraba más la luz que en otras, futuros arreglos, cuentas. Además había un nombre que se repetía: Beatriz. La otra casa debería tener muchas habitaciones así como ésta, yo calculaba que tendría la misma cantidad y que ambas eran la mitad de una sola mansión. Soñaba con la unión de las casas y me parecía algo monstruoso en principio, pero luego de que las paredes de las respectivas fachadas se fundían en una sola pared gruesa, impenetrable, yo me sentía invadido por la paz y la belleza. Muchas veces pensé en decirle a papá que podíamos tener un castillo, una fortaleza, un micro-mundo.
Me arrastré y tosí por el polvo que había en el piso. Ese no debería ser mi cuarto, uno se acostumbra a la mugre propia. Tuve una reacción alérgica muy fuerte que me dejó tirado boca arriba respirando con dificultad por varios minutos. Las imágenes del día ya no aparecían y yo no las extrañaba. Cuando me senté no me hizo falta ninguna confirmación para saber que la puerta no podía estar a más de tres metros y que tenía que ir hacia alguna de las cuatro paredes. Parece una idea básica pero minutos antes se me había escapado por completo, la oscuridad del cuarto me hacía creer que estaba flotando en el espacio, justo en el medio de todo, y que intentar moverme no tendría sentido ya que el espacio como concepto había sido eliminado. Cuando estuve en el pasillo pensé en que mi madre no se llamaba Beatriz ni tampoco de otra forma, pero menos Beatriz. Fui hasta un mueble de mimbre y traté de mirarme en el espejo horizontal que servía como soporte para unos libros de física y química. Tuve que hacer un esfuerzo para meter mi cabeza en el espacio entre vidrio y vidrio, y al doblar el cuello para mirarme sólo conseguí una puntada de dolor y más polvo sobre la nariz que me hizo estornudar. No me pude ver y recordaba haber sabido que la casa no guardaba espejos desde que uno de mis hermanos se sacó un ojo con los vidrios rotos de uno. Yo tenía hermanos y tenía un padre al que llamaba papá. Tenía una casa y podía tener la llave de otra en la que refugiarme. Me puse a contar las cosas que tenía pero no pude precisar la diferencia entre las que eran mías en presente y las que había tenido. Mi hermano tenía un ojo de menos en presente pero yo no me acordaba si tenía un hermano ahora mismo. Fui hasta la cocina y pensé en los otros, traté de recordar caras y abrí la heladera porque tenía sed. No había agua, sólo la mitad de un limón verde, bastante seco. Lo saqué y me puse contra la ventana que daba al patio en donde las formas de los árboles apenas se intuían por alguna rama que recibía la luz artificial del baño que tenía su ventana contra la otra pared del patio. Me quedé mirando la oscilación apenas perceptible de las hojas mientras chupaba el limón agrio, luchando por conseguir un poco más de jugo. Lo último que hice fue acordarme de la puerta principal y caminar hacia ella como guiado por algo milagroso que me ayudaba a atravesar todos los pasillos y habitaciones sin chocar contra nada ni hacer ruidos llamativos. En un solo movimiento esquivé una silla con una figura humana arriba, me agaché y quedé acostado contra la puerta, acariciando la rendija que filtraba un poco de aire cada tanto, y me dormí.
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