Mi Cristo personal
quedó en estado vegetativo
desde que lo tiré al fondo
donde crece la maleza
y se mimetizan los niños enfermos
con las esperanzas de sus padres.
Negar es todo lo que queda
aunque la antropofagia sea evidente
(sobre todo cuando lo es),
pero me pedís pañuelos porque estás llorando
y te los doy;
me pedís un digestivo porque comiste de más
y te pregunto si va a ser la última vez
pero a vos se te pegan los huesos a la piel
cuando no consumís lo que te gusta.
La cabeza te da vueltas.
No voy a sostenerla
porque me parece divertido cuando cae, rueda
y golpea contra el rincón húmedo
el que siempre está en reparaciones
y del que nunca hablamos.
Como de costumbre,
anoche no hubo sueños.
Nos sorprendí mirando una tumba nueva
que ante nuestro asombro suplicaba
sobre su lápida haciendo brotar tres palabras:
hace
mucho
frío.
La maleza me alimenta
desde que soy vegetariano
y cenamos separados:
vos en la demencia te comés la carne tiesa,
yo bajo el rocío pruebo los gritos que me llegan.
En el baño vomitamos al unísono.
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