Este relato empieza con que yo digo que el relato empieza, aunque en verdad no se sabe si el relato empieza en el momento en que yo digo que el relato empieza, o si empieza en el momento en que yo analizo el comienzo del relato. Esto carece de importancia para Rodolfo, es más, Rodolfo ignora completamente dicho despliegue linguistico y racional, así como también ignora todo lo que no tenga que ver con el gajo de mandarina que cae suavemente sobre el piso de su celda. No sólo contempla el gajo que reposa a unos centímetros de sus pies mugrientos y lastimados, no se conforma con fijar su mirada en una porción del espacio, Rodolfo observa una y otra vez cómo el gajo cae desde la ventanita, atraviesa el aire oprimido por su propia respiración, da una pequeña, imperceptible voltereta y por fin cae en el suelo. Él se mantiene sentado, quieto, el cuerpo apenas inclinado hacia adelante. Tiene su mano derecha presionando involuntariamente su pera y parte de su pómulo, lo podemos comparar con un filósofo griego, aunque Rodolfo odia las comparaciones, de chico le clavó un tenedor en la mano a su madre por decirle que se parecía en algo al tío Jaime, hecho que además instantáneamente hizo que relacionara el nombre con Jaime con Roos, cantautor supuestamente uruguayo, con altas probabilidades de ser Iluminati. Rodolfo Rápidamente (esto suena muy redundante) toma el control de la situación, entiende el mecanismo y comienza a modificar a su antojo la caída y el recorrido del pequeño gajo; a los pocos minutos ya es capaz de obligar al gajo a volver a su posición inicial, incluso cuando esto significa que el gajo en cuestión tenga que girar de un modo inhumano (y esto a su vez quiere decir que yo tengo que personificar al gajo para atribuirle una incapacidad humana). Pero aquí me surge una pregunta: ¿Por qué Rodolfo, teniendo en cuenta que su situación es un tanto delicada, en lugar de aprender a modificar sucesos tan inútiles, no hace lo mismo pero con acontecimientos realmente importantes y que puedan ayudarle con su condición? Ustedes ¿quienes? no lo sé, habrán notado a través de mis palabras que Rodolfo está en una celda, la conclusión inmediata es que Rodolfo está preso. A partir de allí nos podemos ir moviendo hacia otras conclusiones tales como que a Rodolfo lo violaron, a Rodolfo lo golpearon, Rodolfo es tupamaro, Rodolfo pertenece a la barra amsterdam, etcétera, etcétera. Esto no nos importa, Quiero decirles que no voy a contar los hechos que desencadenaron la situación de Rodolfo en una celda mirando un gajo de mandarina, no porque nos lo sepa, sino porque eso significaría alejarnos de lo importante en este relato, y además, si yo me desvío tanto, después cuando lea esto en público la gente se va a impacientar, me van a tirar guías telefónicas de las que ya nadie usa, y me van a gritar cosas como "dejá de hablar, hippie de mierda", o "nos gustaría que su narración llegara al momento culmine, así, de ese modo nos podamos retirar cada uno a nuestros aposentos", eso en caso de que el público sea fino y educado, claro está.
Pero en fin, volvamos a Rodolfo, que dicho sea de paso tiene bigote. Ante su incapacidad para reaccionar y darse cuenta de que podría aprender a modificar sucesos útiles, me desespero y trato de advertirle, le digo Rodolfo, Rodolfo, volvé el tiempo hacia atrás y evitá tu entrada a prisión. Rodolfo no escucha, continúa absorto en la contemplación del gajo de mandarina. Rodolfo, Rodolfo, tu futuro puede ser maravilloso si modificas tu pasado, esto suena muy a Paulo Coelho pero creeme que es verdad. Rodolfo no escucha o básicamente le chupa un huevo todo. Me desespero aun más, me contraigo en muecas de nerviosismo, transpiro. La situación se me va de las manos porque no puedo aceptar que Rodolfo sea tan imbécil, entonces intento por última vez, repito su nombre, Rodolfo, Rodolfo. La distancia que nos separa es cada vez más abismal, de a poco voy entendiendo que Rodolfo tiene vida propia y que seguramente muera allí, estando preso. Mi desesperación llega a un punto crítico y cuando ya no me queda nada por morder, ningún mueble por arrojar al suelo, clavo mis uñas en un puto gajo de mandarina que luego tiraré hacia algún lugar, quién sabe dónde.
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