Es la imposibilidad de escribir algo interesante a las ocho de la mañana de un martes sin haber dormido y con un día por delante que se presenta patético y depresivo. Son las escasas ganas de ser productivo en un mundo que te reclama justamente eso, productividad, movimiento, acción, supuesta superación personal. Prefiero la inercia a la que estoy acostumbrado, no ser nadie desde un rincón del planeta que no es nada ni pretende serlo. Es estar acostado intentando dormir y ser arrebatado por la soledad cruda que aparece de repente, sin necesidad de ningún acto específico para manifestarse, simplemente la certeza de estar solo a todo nivel, aunque pueda aferrarme a ideas universales de órdenes y leyes que gobiernan lo que existe y lo que no, aunque viva con mi madre y hable con ella, aunque tenga gatos y los acaricie, aunque utilice internet y me comunique con la gente, aunque invente historias y personajes. Es, además, la angustia siempre cercana de saber que todo cambia y a la vez no. Ya viví esto, ya estuve triste por esto, ya sufrí de insomnio otras veces, pero si deseo sufrir exactamente lo mismo tres años atrás, no puedo, mi percepción no se regenera, no puedo volver a mis inseguridades pasadas, ya cambiaron y su entorno también.
Es la decadente necesidad de mirar a otros buscando algo que yo no tengo, algo que me parece mejor y más llamativo, buscando interesarme en ellos de un modo en que ya no puedo interesarme por mí mismo. Es la aun más decadente idea de escribir esto sabiendo que lo voy a hacer público, con la mínima esperanza de que alguien se sienta cercano a mí a través de estas palabras y de ese modo la soledad se vea engañada.
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