Qué monótono le parece todo al cuchillo. Un poco de dulce de leche, luego la clásica untada en el pan, agua que le hace cosquillas, todo para terminar encajonado y a oscuras. El cuchillo no sabe lo que es el tiempo ni la vida útil de los productos, porque él no es un producto, es un cuchillo que imagina un día de estos estar sobre el plato, rodeado por migas de una galleta que agonizó hace poco, y que por un descuido la mano lo tire, sí, sí, que lo tire, aunque por qué pensar en algo accidental, que lo agarre por el mango celeste y con toda la intención del mundo lo arroje en el aire y atraviese a una velocidad vertiginosa la habitación hasta clavarse de cabeza contra la pared, abrir un hueco, desafiar a la triste materia inerte e inanimada, ser feliz, loco, ser feliz de una vez por todas y demostrarle al mundo quién tiene el mango más grande, el cuchillo celeste, el que quiera celeste que me tire contra la pared, y que vengan todos los putos, piensa el cuchillo que se entusiasma aun más cuando imagina que una vez clavado en la pared, alguien lo viene a recoger y lo lleva kilómetros y kilómetros lejos de allí, escondido en una campera, envuelto en unas vendas, hasta que súbitamente fuera convocado por esa misma mano robusta, peluda, y viendo de frente la luz del sol, se clava en el pecho de un tipo que se desangra y se desangra, mientras una mujer con tetas grandes aparece y se ríe del muerto, saca el cuchillo para que termine el proceso más velozmente, y mirando a los ojos al moribundo, aprovechando su último vestigio de vida, lame de arriba abajo la sangre que cuelga del cuchillo que a esta altura del pensamiento está re excitado, tiene tremenda erección filosa pero no puede hacer nada, sigue dentro del cajón. Se resigna, por lo menos tiene el día libre, hoy hicieron guiso.
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