El agua se tiñe de rojo y la bañera, desbordada y con manchas de un rojo más oscuro en su fondo, deja caer al cuerpo que se desplaza unos centímetros por el piso frío del baño. La bañera no puede contener al tsunami que avanza con violencia, cubriendo el espacio cerrado y haciendo flotar al cuerpo, edificio desprendido del suelo, vagando a la deriva por la ciudad inundada, chocando sus extremidades contra la pileta y el espejo. El agua continúa subiendo, casi llega a tocar el cielo raso, mientras la sangre hace lo contrario y baja, quedándose cerca del fuego. En el medio permanece el cuerpo, apoyado a lo ancho sobre la línea divisoria que separa a los dos líquidos, ahora mitades irreconciliables de una nación dividida, mitades estáticas durante un largo rato, excepto cuando cada tanto un pedazo de vidrio o cerámica pasa nadando de un lado a otro.
Pero la calma es pasajera, porque una de las paredes comienza a ceder y no pasa demasiado tiempo hasta que colapsa y deja entrever un mundo exterior que, al menos a primera vista, parece no haber recibido noticias sobre el cataclismo
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