Sabía de tus movimientos futuros, te esperaba sin nervios. Cumpliste lo pactado y te volví a ver bajo la tormenta más fuerte del año, luchando contra el viento y el agua. Estabas más ansiosa que la primera vez, tenías más de un motivo para temblar como lo hacías. Llevaste una cuerda y la ataste a un poste de fierro que corría menos riesgo de caerse que los árboles, y vos te ataste a ella. No me viste, pero a tus espaldas yo te ayudé a que el nudo quedara bien firme, y antes de volver a esconderme dejé clavado en el suelo un cuchillo afilado para después. Cuando la tormenta frenó y aun era demasiado temprano para que alguien viniera a limpiar el desastre, vos te arrastraste por el suelo y tocándoles los pies te pareció sentir un leve movimiento.
Después te enfermaste y tuve que hacerte creer que ibas a morir. Sufriste una agonía falsa durante meses. Inventé un borde exclusivamente para vos y jugaste a caminarlo, pensando en que todo lo tuyo iba a ir desapareciendo cada vez más rápido. No tuve que seguir interviniendo después de la recuperación. Tarde o temprano tu recuerdo iba a buscar la ubicación del parque que ya había sido ocupado por edificios y otras estructuras nuevas. Lo supiste con tus propios ojos y no me pareció extraña tu tranquilidad, era lo que esperaba. Sabía bien que ibas a quedarte dando vueltas por la ciudad antes de volver, así que en vez de hacerte sombra decidí esperarte en el fondo de tu casa, atrás del galpón donde tiran las cosas en desuso.
Ya era de noche cuando saliste a fumar un cigarro y al darte vuelta para volver te quedaste quieta mirando a la estatua. Estaba donde la puerta corrediza de vidrio. Quisiste peregrinar como lo habías hecho antes, pero esta vez no era necesario. Primero tocaste en el vidrio pero de esa manera te alejabas. Yo salí de las sombras y me fui acercando a tu posición sin preocuparme por los pasos o el reflejo, seguro de que no me ibas a notar. Fuiste alejando las manos del vidrio y despacio las acercaste a la estatua. Palpaste el contorno frío de un ombligo hecho de mármol, subiste para recorrer senos pequeños y duros. Lo entendiste, así que tiré una piedra y rompí el vidrio que ya no ibas a necesitar. No te diste cuenta, tus manos ya estaban subiendo un poco más para bordear los labios y comprobar que debajo de la luz que la luna mandaba al patio, la estatua esbozaba una tímida sonrisa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario