Afuera está lloviendo y no me es posible calcular la cantidad de caracoles que morirán aplastados sin que yo me entere. Escucho algún auto, alguien tose y su garganta se aleja por el pasillo. A pocos metros de donde estoy, un gato intenta vomitar y no lo consigue. Hace horas tengo una mano revolviendo la barba que me dejé crecer un par de días atrás, aunque si me esfuerzo un poco puedo tocar pelos provenientes de barbas más antiguas que me pinchan en señal de rechazo. No me reconocen, lo entiendo.
Mis rodillas siempre pasan desapercibidas, ya es hora de que haga algo con ellas. Hice algo y sangran, me pregunto si la libertad siempre tiene que ser así de dolorosa.
Me veo obligado a prestarle atención al cadáver que tengo a mis pies. Tiene nombre, le gusta el piso de baldosas y reclama mi atención. Cualquiera quiere atención después de estar días ahí tirado, un tema de modales. Cómo me gustaría que lloviera más fuerte para que no pudiera escucharme la voz. El problema es que se sabe casi todos mis trucos, ni siquiera los movimientos de boca la engañan; es inteligente, por algo le permito quedarse conmigo un día de lluvia. A mí la lluvia me gusta escucharla solo, el ruido que hace la gente -o los muertos- cuando escuchan me parece espantoso. En cambio yo no me considero gente, me veo como una extensión de los lugares por los que pasé alguna vez. Sin ir más lejos, hace un par de noches sentí olor a baño de terminal; caminé por acá para ver si en una de esas identificaba algún espejo de baño, no encontré nada. Me senté, casi tropiezo con el cadáver que todavía estaba un poco reacia a mi compañía, y entonces comprendí que de los brazos me brotaba un aroma espantoso, esa mezcla de orín común que proviene de cualquier baño público, y desde ese momento no paro de encontrarme arena de playa brasilera en el ombligo, o en la espalda pedazos de pared roja de un hotel lleno de cucarachas en el que estuve.
La lluvia paró y creo que es menester que nos comuniquemos. Ella lo sabe, lo sospecha desde que ayer entendió que es inútil buscarse sangre. Ya no la hay. Lo que sí queda es esta incomunicación. No es que nos llevemos mal pero a mí se me hace cada vez mas difícil tocarla, me muevo poco para no tener que cruzarme con sus piernas de muerte. Juntar coraje es ridículo, el coraje tiene que estar siempre ahí, como algo inherente a todos; entonces digamos que junté aire y puse una expresión de confianza y valentía. Me paré con lentitud y rodeé su cuerpo que se iba transformando en el centro de la habitación, de la lluvia que ya no caía y de todos los caracoles muertos. Ensayé de espaldas durante un rato para que ella no advirtiera mi inseguridad, las mujeres muertas perciben todo más claro. Me agaché para que la situación contara con mayor intimidad, no resultó. Te encuentro fría, le dije. No quiso mover la cara ni para mostrarme una mueca de asco, no quedaba nada entre los dos. No entenderla me iba consumiendo gradualmente, me llevaba a tomar decisiones desesperadas, ineficaces. Me senté y la miré con gravedad, ella lo supo pero se resignó a esperar una palabra, un gesto oportuno que no iba a llegar.
Volvió a llover. Me quedé con las piernas cruzadas, escuchando un saxofón que estaría sonando hace horas. Ahora sí que no había nada entre los dos, ahora sí que miraba un cadáver.
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