jueves, 19 de noviembre de 2015
Cosas que pasan.
Me enojé bastante al no poder pegarle bien a la pelotita blanca que tampoco ayudaba mucho al no picar lo suficiente. Cuando mi frustración llegaba a su punto más alto, se me ocurrió mirar a la paleta y vi que era especialmente incómoda para jugar, entonces me alivié porque yo siempre anduve bastante bien para el ping pong, aunque aparentemente el gordo de remera azul no estaba tan seguro de eso y se reía. Tenía una panza gigante pero ni su cuerpo ni su cara parecían ser de gordo; daba la sensación de estar hinchado. Pero por sobre todas las cosas su imagen me resultaba desagradable, posiblemente a causa de su remera azul que le marcaba el contorno de la panza, o por tener el pelo corto y teñido de rubio, clara señal de un estilo cumbiero-optimista-ganador de la vida que yo tanto desprecio. Además el gordo sacaba mal, me tiraba la pelota de un modo extraño que no llegué a comprender pero que no me daba opción para pegarle nunca, y yo me frustraba y él se reía. No quería terminar pidiéndole por favor, sólo deseaba que sacara bien de una vez por todas para jugar un partido de ping pong como se debe. El gordo se reía y se reía, así que pienso que fue una salvación el hecho de que llegaran unas seis o siete mujeres a vendernos libros. El gordo no pudo menos que mirarlas indiscriminadamente. Más allá de que todas ellas -aunque no sé cuántas eran ni pude identificarlas una por una- tenían poca ropa y estaban bastante buenas, yo no sentí nada erótico o sexual, fue más bien la atracción natural que una mujer puede generar en un hombre, una mujer cualquiera que pasa por delante de un hombre y lo obliga a que la mire y la considere por unos segundos. Para mí fue eso, un grupo de mujeres desconocidas que vendían libros y que yo no podía ignorar simplemente porque eran mujeres. Recuerdo mirar hacia atrás y distinguir -o intuir- a ciertos familiares. Quizá mi abuelo, quizá mi primo, gente así. Me hacían señas y me gritaban cosas referidas a las mujeres que ahora me miraban y que me obligaban a que yo las mirara y me preguntara qué edad tendrían, tema confuso porque de lejos algunas parecían pasar los cuarenta y a medida que se acercaban iban variando su belleza; a veces más viejas, a veces más jóvenes. Una de ellas, estoy casi seguro que era de piel negra, me preguntó qué libros me gustaban. Le dije que me gustaban muchos libros pero que no tenía plata, esperando que me ofrecieran algún tipo de arreglo que supongo percibieron pero que no se interesaron en llevar a cabo. Mencionaron algo sobre el negocio, les pregunté un poco asombrado si todas vendían libros, me dijeron que sí y sonrieron. No sé si el gordo de remera azul seguía allí. Las mujeres se fueron o yo me fui.
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