señor de camisa blanca
que camina por Arenal grande
y me lleva unos cinco metros en la carrera
por llegar primero al semáforo
a mí que también camino por esa calle
y que lo acabo de ver
que acabo de notar que gira preocupado
para mirarme de reojo
para vigilar cómo me muevo
qué ropa llevo
y si tengo las manos en los bolsillos
señor de camisa blanca
usted que camina despacio
que no puede con la subida
que sufre la humedad de la tarde
repite el proceso de mirarme y trata de ocultarlo
pero yo, que camino más rápido
que ya estoy acostumbrado
a que me adjudiquen con la mirada
el papel de posible joven peligroso
ya me di cuenta de lo que usted piensa
conozco su paranoia como si fuera propia
señor de camisa blanca
ya casi llegamos a Colonia
lo alcanzaré o usted doblará y yo seguiré en la misma dirección
y comprobará que soy una buena persona
y respirará aliviado
pero yo no sabré cómo descartar
cada vez que aparezca
la resignación de ser por unos segundos
aquella entidad abstracta
el miedo encarnado del trabajador
el tramo incierto de cada barrio
la inseguridad de las estadísticas
y la inseguridad como palabra del momento
señor de camisa blanca
usted tiene la culpa
esto es una persecución a la inversa
en cualquier momento podría girar
y mirarme a los ojos
la bajada lo favorecería
señor de camisa blanca
todavía no llegamos a la esquina
y yo, que ahora le respiro en la nuca
que no puedo controlar las piernas
yo que tengo nombre y edad
y voz y aspecto
pienso en lo bueno que sería
que doblara en mi dirección
una masa compacta de personas apuradas
que me tragaran y me eximieran de ser
lo que no quiero ser
y de hacer lo que acabo de hacer
señor, es su culpa que la camisa
ahora sea roja
y que nunca vuelva a ser capaz
de cruzar un semáforo.
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