De repente las canciones de la Vela ya no generaban nada y Gilda murió hace como veinte años; el material empezó a escasear y las inquietudes líricas y melódicas de la hinchada fueron modificándose, evolucionando al mismo tiempo que los periodistas pedían cambio de técnico y nuevas formas de encarar un partido. Un día entre faso, vino y porquería, alguien preguntó si lo de oro y carbón era una metáfora de algo, primera vez que sonaba dicha palabra en el ambiente. Poco tiempo después Peñarol seguía sin ganar y se llegó a la conclusión de que había que meter mano en el antiguo repertorio, traer a la actualidad viejas canciones de la época del quinquenio y darles un aire nuevo, probar que los anacronismos existen en todas partes, incluso en el fútbol uruguayo. Surgió una versión con claras influencias post-punk del clásico "El manya ganó dos quinquenios, la libertadores también...". Para darle ese toque oscuro y siniestro se reclutó a Pedro Dalton, quien inculcó en los jóvenes el gusto por Tom Waits y Nick Cave, les habló de la primera vez que vio tocar a Los Estómagos, les indicó qué clase de sustancias te dejan la voz más ronca y por último hizo algunas modificaciones en las letras del cancionero aurinegro, siendo un ejemplo de esto: "Ganar copa/mete centro en la sien/bolso puto ya no estás/tu isla gallinero se hundió." De todos modos esto fue sólo el principio.
En el año 2023 se votó un plebiscito para cambiar el nombre de las tribunas del Campeón del siglo y, por qué no, se abrió la posibilidad de cambiar también el nombre del estadio. Hubo lío con los Damiani, mandaron a matar a un par de personas, Juan Pedro se interesó en cuestiones espirituales, trató de invocar a su padre -el viejo Damiani- a través de la ouija; José Pedro no andaba con mucho tiempo, le dio un par de instrucciones institucionales, que no se dejara pisotear por los de la AUF y desapareció enseguida. El plebiscito tuvo bastante éxito y se cambiaron los nombres de tres de las cuatro tribunas: la Henderson pasó a llamarse Kafka; la Cataldi, Bob Dylan; y por último, la Guelfi pasó a llamarse Felisberto Hernández. Antes de eso ocurrieron algunas cosas, claro. En la barra Amsterdam hubo divisiones, luchas internas, y en ese momento fue que cierto intelectual, ex redactor de La Diaria, tomó las riendas de la hinchada, decidiendo dar un paso más allá. Un día llegó al palacio, sacó un pendrive, lo enchufó y puso un tema rarísimo que nadie conocía y que duró como diez minutos. Una vez terminada la canción, pasó a explicar algunos conceptos como armonía, melodía, estructura, compases, etcétera. Costó, pero un par de campeonatos después el carbonero volvió a la gloria con un diseño de camiseta minimalista, auspiciado por un centro cultural autónomo, jugando a los pases mientras en la tribuna se alternaban bandas de rock progresivo de lo más refinadas para alentar con largos pasajes instrumentales y un par de frases criticando la sociedad de consumo y los equipos que juegan al pelotazo limpio.
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