Un local del Punta Carretas Shopping quedó vacío; antes vendía camperas y ahora estaba vacío. A los pocos días un grupo de hombres, mujeres, niños y perros ingresó al centro comercial y no demoró en inaugurar un nuevo espacio: una boca de pasta base. Los locales aledaños no opusieron demasiada resistencia, en parte porque atraía posibles clientes a su zona de influencia, y en parte también porque alguno que otro después de una larga jornada laboral pegaba una palanca y se distendía un poco, cosa que nadie veía rara porque de alguna manera hay que soportar la fiebre capitalista juvenil que invade los pasillos del establecimiento día y noche.
Mario, emprendedor independiente de toda la vida, se avivó y pidió permiso a los nuevos dueños del local para que lo dejaran vender pipas artesanales en la puerta, a lo que estos respondieron afirmativamente, siempre y cuando les pasara un porcentaje de lo recaudado, está claro. El consumo de pasta base aumentó de forma sustancial dentro del shopping y rápidamente se expandió hacia otros barrios, creando una nueva moda adolescente, sobre todo en los pertenecientes a familias de dinero, jóvenes que disfrutan de fiestas y otras actividades nocturnas en las zonas más exclusivas de la ciudad.
Una multinacional compró el producto y a su vez se mezcló con una empresa farmacéutica. por lo que la pasta base se comenzó a utilizar para fabricar analgésicos muy variados que se vendían en una farmacia del primer piso en ese mismo shopping. El gobierno también se avivó y comenzó a repartir folletos informativos sobre el consumo responsable de la pasta base y los cuidados que se deben tener para que no te la vendan mezclada con cualquier porquería.
Estéticamente el local de pasta base también marcó un antes y un después, influenciando a los demás locales con su tendencia hacia lo sucio, lo descuidado, lo podrido. Poco a poco todo se fue pareciendo cada vez más a cualquier asentamiento que uno puede encontrar en el país. En la ciudad se siguieron construyendo shoppings que ya venían con locales de pasta base y con un montón de otros negocios que se encargaban de vender otras cosas que casi nadie necesitaba comprar. Arquitectos de prestigio se pusieron de acuerdo para difundir la idea de que un nuevo estilo comenzaba a predominar las construcciones recientes de la capital, casi monopolizando el espacio urbano, cosa que llevó a Montevideo a confundir sus barrios y sus calles, siendo todo una réplica de lo que los empresarios de la pasta base habían diseñado como negocio y hogar.
Claro, la historia parece muy inverosímil, es que todo esto era el montaje para la famosa película que Kusturica iba a filmar sobre un presidente que tuvimos, y si se fijan el tipo la pensó bien, porque con todo esto de los asentamientos le da ese toque de humildad y sencillez que tanto le gusta a los otros países, además que toda la historia empieza en Punta Carretas, universidad involuntaria en la que se forjó el protagonista de la película. Qué capo Kusturica, que venga y grabe todas las películas que quiera. Eso sí, la puerta de la ciudadela y el estadio no me los toca eh, que Uruguay no es la puta de nadie.
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