La madre tiene rulos, muchos rulos. El hijo se encuentra sentado frente a ella, los codos apoyados en la mesa blanca de plástico que a su vez funciona como soporte para los platos y vasos que yacen desparramados en su extensión, siguiendo el orden caprichoso impuesto por los mozos que lo aprenden de otros mozos ya jubilados o muertos. Hay alguien sentado en un banco que está a la derecha del hijo y a la izquierda de la madre, y ese alguien se lleva las manos a la boca complementando una expresión general de espanto ya que un par de minutos antes la cabeza del hijo explotó súbitamente. La madre parece fastidiada porque un pedazo de cerebro le cayó justo en el ojo y se le corrió el lente de contacto. Pide servilletas para limpiar la sangre, pero al ver que el mozo que se encontraba más cercano a su mesa no mostraba señales de movimiento, apronta una sonrisa condescendiente a tiempo que dice:
-No se preocupe, nunca lo quise.- El mozo baja la mirada, los ojos se le tornan tristes. Pasan los segundos, un par de veces deja traslucir un atisbo de comentario pero se frena enseguida. Luego mira de frente a la madre, casi implorando.-No, señora, usted no entiende, es que esta sangre tan espesa...-dice, interrumpiéndose con un largo suspiro mientras los últimos chorros de sangre caen desde el orificio donde antes estaba la cabeza del hijo, como una manguera cuyo chorro va perdiendo presión.-Sí, entiendo, me pasa lo mismo. No sé qué va a ocurrir con este país si no volvemos a fabricar buenos detergentes.Mire cómo me quedó la mano por estar dos horas fregando un par de tazas...-balbucea la madre, haciendo un movimiento con la muñeca mientras piensa distraídamente que se tiene que pintar las uñas de otro color, el negro no va bien con la primavera.
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